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Si es que el lector
no ha leído el
PREFACIO previo al
primer artículo presentado en esta serie, lo exhortamos a hacerlo con el fin de
entender el contexto emocional de su autor.
Crónicas pre-mortem (2)
Por Pablo Santomauro
Admito una vez más que puedo estar en rebeldía. Me paso repitiendo para mí las
palabras “¿No has considerado a mi siervo Pablo?” (Job 1:8; 2:8) Esta es la
única parte del verso que repito (usando mi nombre en lugar de Job) ya que el
resto habla de un varón perfecto y recto, algo que yo disto mucho de ser. Pero
es obvio que en mi mantra anida un reproche hacia Dios que no tiene
justificación y que estoy abusando de su gracia. En un sentido creo que tomo
ventaja de su paciencia porque en mi opinión Dios tolera cierto tipo de quejas y
desconformidad, como se las toleró a Job. Alguien sabiamente me dijo que Job no
tenía frente a sí toda la revelación bíblica que tenemos hoy. Tiene razón, soy
un rebelde quejumbroso.
Para aquellos que no han leído la primera de las Crónicas pre-mortem, me
permito repetir que la fase avanzada de mi cáncer me tiene recluido en mi
hogar. Para desplazarme de un lado a otro uso un andador, una especie de
muletas petisas con ruedas, Mi incapacidad para moverme con libertad es una
prueba severa que derrota cualquier sueño optimista que mi mente pueda generar.
Estar sentado frente al computador requiere un esfuerzo gigantesco. Un vaho de
tristeza envuelve mis pensamientos y las horas se hacen interminables.
Contemplo a mi esposa, el deleite de mis ojos, en su tareas diarias las que
ahora incluyen estar pendiente de mí en muchos aspectos, aunque realmente nunca
fui de mucha ayuda. ¡Lo que no daría por unos cuantos años más junto a ella! De
pronto vuelvo a la realidad y rueda un lagrimón, como en el tango.
Dicho sea de paso, quiero asegurar a mis lectores que la diferencia entre el
cristianismo y toda otra religión es la misma diferencia que existe entre la
verdad y la mentira. La Palabra de Dios no exige nada de los hombres que no
pueda ser puesto en práctica. Claro, para ello se necesita nacer de nuevo. Es el
Espíritu Santo en la persona el que la habilita para vivir una vida de
obediencia. Un ejemplo es que Biblia nos da mandamiento de amar a nuestras
esposas como Cristo amó a su iglesia (Ef. 5:25). El inconverso lee esto y se
queda rascando la cabeza. Aun muchos cristianos se preguntan cómo es posible.
Hoy yo afirmo a través de mi experiencia de que sí es posible. Podría escribir
ríos de tinta sobre el amor que profeso para con mi esposa. Ella sigue siendo
una de las dos principales razones por la cual no me resigno a la partida. No
hay palabras para describir el dolor, o quizá las haya pero solamente un poeta
puede plasmarlas. Mientras tanto se acentúa mi tendencia a aislarme como
reclamando mi derecho a estar solo. El teléfono celular ha dejado de ser un
apéndice. Está abandonado en algún rincón juntando polvo y raramente contesto
las llamadas El teléfono de la casa es atendido por mi señora, quien se ha
convertido en mi portavoz oficial para informar a los amigos que inquieren por
mi estado de salud.
Alguien me dijo el otro día, al notar mi cuadro depresivo, que no tengo fe. Le
dije amorosamente que fe es lo que me sobra y lo invité a calibrar su definición
de fe. Sé que Cristo pagó el precio de mis pecados en la cruz, que mi salvación
está asegurada, que el Señor está obrando para bien en medio de las
circunstancias aunque yo no entienda sus planes, que estaré en su presencia
luego de mi último suspiro y que nada me puede separar de su amor. Yo creo que
eso es fe. Sucede que para muchos hermanos “fe” es sinónimo de optimismo, y en
el peor de los casos, gracias a los maestros de la fe, una especie de confesión
positiva que se supone deja a Dios sin otra alternativa que hacer realidad
nuestros deseos.
¿Puede una persona de fe lamentarse frente a Dios con palabras que parecen estar
pintadas con matices de reproche? Claro que sí. Ayer observé mi mano derecha a
la luz de la lámpara portátil de mi escritorio y vi la mano de un hombre de
ochenta años, no de sesenta, que es mi edad. Fue entonces que edité las palabras
de un hombre muy famoso para compilarlas en el siguiente párrafo:
“Si hablo, mi dolor
no cesa; y si dejo de hablar, no se aparta de mí. Tú [Dios] me has llenado de
arrugas; testigo es mi flacura, que se levanta contra mí para testificar en mi
rostro. [Dios] me quebrantó de quebranto en quebranto: próspero estaba y me
desmenuzó. Mi rostro está inflamado con el lloro, y mis párpados entenebrecidos,
a pesar de no haber iniquidad en mis manos y de haber sido mi oración pura. Mis
pensamientos todos son como sombra. Mi aliento se agota, se acortan mis días, y
me está preparado el sepulcro”.
Gran quejumbroso, ¿verdad? Este es el mismo hombre que maldijo su día y hubiera
preferido no haber nacido.
Hoy lo entiendo mejor que nunca. <>