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¿Cómo puedes estar durmiendo?
Enviado el Miércoles, 20 mayo a las 14:29:00 por lemusi

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¿Cómo puedes estar durmiendo?

Lecciones para la iglesia en el Libro de Jonás

 

El mundo está en medio de una crisis. Las grandes potencias ven destruirse delante de ellos los bastiones que sostenían su esperanza, aquellos en los cuales tenían puestos todos sus recursos. El capitalismo como el sistema económico que prometía mantener la promesa de que el esfuerzo y el emprendimiento personal serían recompensados con ganancias, ha fracasado. Los gobiernos de los países, símbolos del capitalismo están tomando acciones similares a las de aquellos gobiernos socialistas que criticaron o combatieron en el pasado. El militarismo como doctrina de poder ha mostrado su ineficiencia, la ansiada paz mundial sostenida por naciones con un poderío militar, ha mostrado su inefectividad; naciones y pueblos con menos recursos militares pero con pasión nacionalista o extremismo religioso han logrado contener el poderío militar. La democracia como sistema de dominación se encuentra en escrutinio, “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no es mas que una caricatura dibujada por aquellos que han sabido jugar las piezas políticas y, el sistema que intentaba dar voz al pueblo, lo ha amordazado.

Nuestro país ha sido alcanzado también por esta crisis, además de la crisis financiera y la falta de credibilidad en nuestras instituciones, ahora nos encontramos en medio de un tiempo de incertidumbre, corriendo en busca de la justicia y esta parece que se escapa de nuestras manos. Unos a otros nos echamos la culpa, con facilidad buscamos la paja en el ojo ajeno pero, parece que ninguno de nosotros quiere ver la viga en su propio ojo. El país está en medio de dolor. Todos están corriendo de un lado a otro buscando alguna respuesta a las preguntas más comunes que surgen siempre que sucede una crisis o una circunstancia inesperada: ¿Porqué sucede esto?... ¿Qué podemos hacer?... y… ¿Hay alguna esperanza? Uno tras otro los tecnócratas y futuristas se turnan para enunciar sus respuestas. Aquí los economistas dicen que se trata de un ciclo del mercado, allá los financieros abogan por un nuevo sistema monetario y por todos lados, los presidentes echan la culpa a los que les precedieron y los empresarios se apresuran a pedir nuevas ventajas legales para sus negocios. Todos tienen razón, pero sus razones no nos sirven para nada. El ciudadano común y corriente solo entiende las razones simples: cuando el saldo de la chequera del banco no contiene a la de su lista de pagos o cuando no puede salir a la calle sin sentir temor y, sin embargo, no puede confiar plenamente en sus autoridades.

El libro de Jonás nos presenta una historia que reproduce una situación parecida a la que nos aqueja a nivel mundial. Cuando leemos el primer capítulo de libro, parece que hay una nueva pregunta que el mundo está haciendo, no se verbaliza pero se percibe a medida que la gente entra en la crisis ¿dónde está la Iglesia? ¿Dónde se encuentra escondido el instrumento de Dios cuando el mundo está en crisis? ¿En que se ocupan sus siervos cuando deberían de estar respondiendo a las preguntas cruciales del mundo? Jonás ilustra esta realidad. La escena que presentan los versículos 1:5-6 es alarmante, los marineros y pasajeros de aquel barco están en medio de una tormenta y es un situación tan desesperada que cada uno comenzó a clamar a su dios en busca de respuestas. Hombres, mujeres y niños por igual tratan infructuosamente de tirar, primero lo superfluo, luego lo importante y terminan tirando lo esencial, pero nada de eso ayuda a resolver la situación. Todos están desorientados, sin respuesta, cuando, de pronto hacen un terrible descubrimiento: Jonás se había retirado al fondo de la nave y duerme placidamente. El capitán del barco le hace una pregunta lapidaria que recoge la decepción, el desconcierto y la indignación de toda la gente ¿Cómo puedes estar durmiendo? (1:6) Esta pregunta explica de la mejor manera el porqué de este antiguo libro; pareciera que el capitán personifica al Señor que pregunta a Jonás en su momento y la Iglesia en la hora presente: ¿Cómo puede estar durmiendo cuando hay miles de personas que no pueden distinguir entre lo bueno y lo malo? (1:2,4:11); ¿Cómo puedes estar durmiendo cuando el juicio de Dios se cierne sobre aquellos que desobedecen su mandato? (1:4, 2:3, 4:8) y ¿Cómo puedes estar durmiendo cuando el mundo está en caos y todos buscan por sus medios resolver la situación y solo el pueblo de Dios tiene las respuestas? (1:5, 13).

El capitán de la historia de Jonás debería de cobrar vida el día de hoy y preguntarle a la Iglesia en cada rincón del mundo ¿Cómo puedes estar durmiendo? ¿Cómo te escondes en el fondo de la Iglesia a cantar, a gozar de la comunión con los hermanos? ¿Cómo no tienes compasión de los que sufren? Pareciera que al igual que Jonás, la Iglesia ha caído en una trampa. En los últimos años, estimulada por un crecimiento numérico, fue cautivada por el espíritu del Mundo al igual que Wall Street, se premió la eficiencia y la efectividad, pero basada en los mismos valores: crecimiento económico, ampliación del mercado, fijación de la marca, desarrollo de nuevos segmentos de mercado, pero ahora, cautiva en su trampa, la Iglesia se ve impotente, incapaz de resolver sus propios problemas al ver caer sus índices y termina ocupada en tirar todo lo que puede para salvar el barco, mientras el mundo se pregunta ¿cómo puede la iglesia estar durmiendo? El libro está lleno de lecciones para los cristianos en particular, como para la Iglesia en general. Estas lecciones nos ayudan a sacudirnos la pereza, despertar de nuestro sueño y comenzar a cumplir el papel que la Iglesia está llamada a cumplir en momentos como estos. “¡Quién sabe sino has llegado… precisamente para un momento como este!” (Ester 4:14) nos preguntaría Mardoqueo.

 

¡Levántate! ¡Clama a tu Dios! (1:6) El capitán del barco emite estas dos expresiones en medio de la desesperación al ver que nada funciona. Parece que, en momento de crisis, la gente se vuelve a su dios con la esperanza de ser oída. Sin embargo, aquel que está durmiendo sobre la carga, él tiene la posibilidad de ser oído por el único y todopoderoso Dios. El pudo dar luego testimonio de esto “En mi angustia clamé al Señor, y el me respondió” (2:2) Tiene entrada al mismo trono de Dios para interceder por aquellos que se encuentran en medio de la crisis pues afirmaría más tarde “…mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo templo” (2:7), y él es el único en aquel lugar que tiene la respuesta a la crisis porque sabe que “¡la salvación viene del Señor!” (2:9), pero… está durmiendo.

La oración que Dios escucha, sin embargo, tiene que cumplir con características específicas que Dios presenta en este pasaje: Debe ser sincera. Jonás lo dice bien “En mi angustia clame al Señor…” pero, interesantemente también los Ninivitas lo perciben, cuando al escuchar el anuncio del juicio de Dios “proclamaron ayuno” (3:5), y también cuando su rey les instruye: “hagan duelo y clamen a Dios con todas sus fuerzas” (3:8), esa es la oración que Dios escucha, no aquella tímida, cohibida, llena de fórmulas, pero sin un corazón sincero que reconoce que se juega la vida al orar.

Otra característica es que: Debe ir acompañada de arrepentimiento y conversión, Jonás lo aprende en el vientre del pez y expresa “He sido expulsado de tu presencia ¿cómo volveré a contemplar tu santo templo?” (2:4) y el rey de Nínive, hace una evaluación de la situación y establece que la crisis, la destrucción es resultado de su mal proceder y su pecado y así lo proclama en forma de decreto “Ordena así mismo que cada uno se convierta de su mal camino y de sus hechos violentos” (3:8) Esta crisis demanda una evaluación concienzuda de nuestro actuar como personas, como familias, como iglesias y como nación. Debemos hacer duelo, clamar a Dios pero, sobre todo, apartarnos de nuestro mal camino (2 Crónicas 7:14).

La oración que Dios oye, debe ir acompañada de una acción deliberada de negarse a satisfacer los deseos egoístas. El tiempo de abundancia, la prosperidad y el éxito arrastraron al mundo al consumismo, al desperdicio, a la opresión del pobre, a la depredación de los recursos naturales en aras del progreso, desarrollo y mejoramiento, los cuales se tradujeron siempre en satisfacción de innumerables deseos egoístas (Santiago 5:4-6). La ética del mundo cambió, lo bueno y lo malo no se definieron más con relación a si agradaban a Dios o no, sino al hecho de que produjeran ganancias y si estas eran abundantes.

El mundo debe de arrepentirse de este mal proceder que Dios juzga y castiga. Sin embargo, la Iglesia también ha sido arrastrada por este mismo pecado. La ley de siembra y de cosecha, la prosperidad como medida de espiritualidad, la medida de éxito y el llamado a las ofrendas han sido tergiversados para abusar de la buena fe de los creyentes, para despojar a las viudas y los pobres de sus últimos recursos, tanto como a confundir a los ricos y poderosos financiando construcciones, empresas personales y negocios millonarios, presentados como “la obra de Dios”. De esto también debemos arrepentirnos y convertirnos de nuestro mal proceder y comenzar a cuidar al pobre, la viuda, los huérfanos (Hechos 4:34; Santiago 1:27; 1 Juan 3:17‐22) y que llegue el momento en que entre nosotros no haya quien tenga necesidad o pobreza extrema, porque solo así, Dios escuchará nuestras oraciones.

 

¿Qué es lo que has hecho? (1:10) Los marineros, luego de haber escuchado la historia de Jonás, y sobre todo, de su deliberada acción de huir de Dios lo conminaron, lo apremiaron con la autoridad de aquellos que estaban sufriendo las consecuencias de su mal proceder, a arrepentirse, a reflexionar sobre las consecuencias de su rebelión contra Dios. El hecho de ver la situación desde la perspectiva de Dios cambia significativamente su percepción de las cosas para aquellos que están en crisis. Los marineros que en medio de la crisis que comenzaron invocando a cuanto dios conocían y terminaron volviendo su rostro al Dios verdadero y temieron a su justicia y su poder.

Jonás, por su parte, es confrontado con el mismo en el vientre de aquel pez, y es movido a clamar por perdón y misericordia de Dios “En mi angustia clamé al Señor” (2:2) dice, y reflexiona acerca de su situación presente y las consecuencias de su pecado, “he sido expulsado de tu presencia” dice, y finalmente, resume su situación, su acción y la respuesta de Dios cuando dice: “Al sentir que se me iba la vida, me acordé del Señor” (2:7) El examen personal, la reflexión de la situación desde la perspectiva de Dios y el arrepentimiento son necesarios para que nuestra oración llegue hasta el Señor.

 

¡Anda, ve y proclama! (1:2, 3:2) Jonás es un hombre nuevo, sin duda, tanto en su interior como en su apariencia física. El pez lo vomita en tierra firme y acto seguido escucha nuevamente, la misma instrucción que había ignorado ¡Anda, ve y proclama!. El nuevo Jonás sale ahora en dirección a Nínive y al llegar comienza a proclamar en la ciudad el mensaje que Dios le había dado. Al leer el capítulo 3, confirmamos que Jonás era el escogido y a quién Dios había preparado para esta tarea.

Los Ninivitas son confrontados a través del mensaje de Jonás a ver la situación y la crisis desde la perspectiva en que Dios la ve. Entienden que lo que sucede no es un accidente de la naturaleza, ni de las finanzas; no es un ciclo del mercado, ni un catarro pasajero de la bolsa de valores. Ellos entienden que todo lo que está a punto de pasar es por causa de su maldad, entonces el pasaje nos dice que “le creyeron a Dios, proclamaron ayuno y desde el mayor al menor, se vistieron de luto en señal de arrepentimiento” (3:5) La escena que vemos aquí es inaudita, sería propio esperar tal reacción y respuesta del Pueblo amado de Dios pero, ¡oh sorpresa!, esta respuesta surge de un pueblo cuya maldad había colmado la paciencia de Dios y cuyas vidas habían sido condenadas a la destrucción. ¿Cuál fue el mensaje de Jonás? ¿Cómo fue su predicación? ¿Qué estilo y metodología utilizó? No lo sabemos, lo realmente importante es que su mensaje inició un movimiento de arrepentimiento que llegó, no solo a todos los rincones de Nínive, sino afectó a todos los niveles de la sociedad. El movimiento que vemos aquí, es un verdadero avivamiento en Nínive; tan genuino que el escritor refiere su resultado con las siguientes palabras “Al ver Dios lo que hicieron, es decir, que se habían convertido de su mal camino, [Dios] cambió de parecer y no llevó a cabo la destrucción que les había anunciado” (3:10).

Exhibe Jonás características relevantes que son necesarias para aquellos que son llamados por Dios para “ir y proclamar”. En primer lugar, Jonás tuvo una clara y efectiva estrategia de proclamación, no solo en la forma sino, en especial, en el contenido “se fue internando en la ciudad…mientras proclamaba” En primer lugar en cuanto a la comunicación, Jonás fue capaz de ingeniárselas de tal manera que logró que, en menos de 40 días, cada una de las personas que había escuchado el mensaje, lo entendiera y hubiera sido confrontado a actuar en consecuencia. Luego en cuanto al contenido a fin de que cuando el mensaje que estaba proclamando llegara a oídos del propio Rey, no fueron anuncios de la llegada de un alarmista, un saboteador, un loco que anda por las calles asustando a los Ninivitas; tal como consta en el testimonio escrito, el mensaje llegó al trono con el mismo poder, la misma claridad y autoridad con que se estaba escuchando en cada uno de los cuatro costados de Nínive.

Finalmente articula con claridad la demanda de Dios El rey se baja de su trono, se sienta en el suelo, se rompe sus ropajes reales y pone ceniza o tierra sobre su cabeza y todo esto, a la vista de sus súbditos. Hay una respuesta individual del pueblo, de las familias que una a una se iban sumando al ayuno y al clamor, pero la maldad de Nínive demanda también una respuesta oficial y esta es la que vemos en el decreto que se transcribe en los versos 3:7‐9. Tal como se puede imaginar al leer este pasaje, el pueblo entero estuvo en un constante clamor de arrepentimiento y contrición delante de Dios con una sola esperanza “¡Quien sabe! Talvez Dios cambie de parecer, y aplaque el ardor de su ira, y no perezcamos” (3:9)

Esta es la razón de la existencia de la Iglesia como Pueblo de Dios en un mundo en Crisis, en un mundo como el que hoy nos toca vivir a cada uno de nosotros. La iglesia no esta llamada a dar respuestas económicas, administrativas, filosóficas o comerciales, hay cientos de personas que están lanzando sus tesis, presentando este tipo de propuestas. La respuesta que la Iglesia tiene es una que responde a su naturaleza, la Iglesia debe articular una respuesta clara y contundente que muestre que Dios es soberano “sobre el mar y la tierra firme” (1:9), Dios es justo y su juicio es real y verdadero sobre aquellos que “abandonan el amor de Dios” (2:8); Dios es compasivo y llega a tener misericordia de aquellos que, con sinceridad, se “convierten de su mal camino y de sus hechos violentos” (3:8) y siempre termina su historia con la pregunta ¿No habría yo de compadecerme? (4:11)

 

¿Tienes razón para enfurecerte tanto? (4:4) Esta pregunta nos anticipa la última lección que este libro tiene. El libro de Jonás también nos evidencia que, como siervos del Señor llamados a una tarea especial, siempre estamos en riesgo de caer víctimas de nuestro propio yo. El peor enemigo del siervo es él mismo. Centrarnos en nosotros mismos nos hace perder la objetividad. Nos hace que juzguemos a los otros y sus acciones de manera más estricta que como juzgamos nuestra propias acciones. Jonás evidencia esa falta de objetividad en la contradicción que él mismo enfrenta en su libro. Jonás ora solo dos veces, la primera de ellas para pedir compasión de Dios para él (2:1…) y la segunda, para reclamar por la compasión de Dios para los demás (4:2) nuestro egocentrismo nos impide ver el mundo como Dios lo ve. Centrarnos en nosotros mismos nos hace perder la perspectiva, no somos capaces de ver cuan pequeños somos comparados con Dios. La actitud desafiante de Jonás lo evidencia, cuando “salió y acampó al este de la ciudad. Allí hizo una enramada y se sentó bajo su sombra para ver que iba a suceder con la ciudad” (4:5) El pasaje puede darnos dos posibilidades, la primera que este sea un desafío al carácter compasivo de Dios, en cuyo caso la explicación sería que Jonás fue allí a esperar que Dios cumpliera su palabra de destruir a Nínive. Otra posible respuesta es que, confundido como está por la actitud de Dios, va a aquel lugar en espera que Dios haga algo o que suceda algo que le permita explicar la manera como Dios actúa con los hombres. Ambas respuestas nos muestran el mismo problema, la perdida de perspectiva del siervo en su acercamiento con Dios para ver la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre, aún cuando este sea su siervo.

Centrarnos en nosotros mismo nos hace perder la compasión, no somos movidos a mostrar el amor incondicional que Dios muestra por nosotros. Dios aún no ha terminado con su siervo y le enseña que, por estar muy preocupado por si mismo, ha perdido la capacidad de compadecerse por los de Nínive. Hay compasión en él, por cierto, la siente por su arbusto pero por lo que significa para sí mismo, su comodidad y satisfacción, sin embargo, no hay compasión para la población de Nínive que esta urgida de ella para ser librada del juicio.

El libro termina con una pregunta ¿No habría yo de compadecerme? (4:11) Dios ha tenido compasión de Nínive pero también de su siervo, para mostrarle a él y a nosotros en esta época de nuestra vida que tenemos una tarea por delante y que si bien esta nos supera, podemos hacerla cuando, nos levantemos, nos arrepintamos, cumplamos la obra de Dios y tengamos cuidado de nosotros mismo para no caer.

¿Podrá la Iglesia responder al mundo que está en crisis? ¿Tendremos el valor de levantarnos, salir de nuestros “gettos evangélicos” y acercarnos más y mejor al mundo? ¿Seremos capaces de articular las respuestas eternas de Dios en términos y lenguajes que sean cultural y lingüísticamente amigables para el mundo? Sin duda, es la decisión de la iglesia pero, la pregunta ya está hecha” ¿Cómo puedes estar durmiendo?

 

 

©David 4 D. Ruiz M. MA










 
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